Monday, May 21, 2007

Inmoralidades

Lo sabía. No más castillos de arena, se había dicho ya tiempo atrás. Pensaba en ello mientras redescubría, sin asombro, sus propios pies nadando en arenas movedizas. Aunque esta vez había tardado más tiempo del que en un principio había creído necesario, simplemente dejó que las agujas del reloj siguieran su curso.

De momento no quería llegar a ningún arrecife, así que se detuvo a echar un vistazo a lo que había comenzado a ser una serie de ilusiones ópticas que solían acompañarla, siguiendo sus pasos por la arena, cada vez más a menudo. No terminaba de acostumbrarse, no quería hacerlo, pues no le gustaban si no era en cuadros. El arte se ve y, se entienda o no, no necesita ser explicado. Cada uno lo interpreta libremente y depende de uno mismo que la conclusión produzca una mirada alegre o una sonrisa triste. Además, ayuda a esconder secretos que sólo el autor conoce. Así lo creía ella o, por lo menos, así le gustaba creerlo. Pero cuanto más pensaba, más quería actuar. Y no era el momento de echarse a correr. Quizá faltaba cada vez menos para que sus pies descalzos llegasen a suelo firme. Aunque eso, por aquel entonces, estaba aún por verse.

La brisa de la noche jugaba con su pelo, el agua mecía su cuerpo. Todo a su alrededor parecía tan tranquilo, y por otro lado la intranquilidad colmaba sus nervios. Seguía pensando. Venga, actúa. Sí, tú. No esperes, nunca esperes demasiado… Apostaba todo a una sola carta: su presente, cuya incertidumbre residía en lo que le marcase el futuro. Se había olvidado de cómo jugar sus cartas; eran cartas distintas, desde luego, pero tenía que hacerlo. Recogió el resto de cartas y guardó la baraja. Su buen humor en los últimos días tenía más sueño que nunca, y eso que dormía muy poco.

Pintando corales de un rojo intenso recordó que, justo allí, en el fondo, era donde debían de estar. ¿Dónde están…? No podrían andar muy lejos de allí. Se lo había dicho… Y ella había confiado en su palabra. Sus flores de papel crecían, bajo el agua fría, en distintos colores, contrastando tonalidades. Cierto es que el efecto cromático hacía del conjunto una vista preciosa.

Sus pensamientos también se habían teñido de color, y todos eran para él. Era posible que en otra ocasión se alegrase de que no lo supiera, pero ahora ya no estaba tan segura. ¿Cómo estarlo? Exacto, habría estado loca, aunque cómo evitarlo, por otra parte… Bien, tampoco quería. Todo impulso sería recibido con honores.

El cantar de las olas era cuanto más ruidoso al besar las rocas que ponían fin a su playa. Más quietud. Sin quererlo, olvidó lo demás. ¿O sí quería? Cerró los ojos y contempló el mejor cielo que nunca hubiese imaginado. Nada que perder. Mucho que ganar. Miles de blancas estrellas lo hacían relucir, decorando así la habitación de la luna. Ésta dormía sin saber lo que ocurría. La noche se había tornado clara mientras seguía escondiendo sus ilusiones ópticas en el fondo del mar, para ponerlas a salvo. Sólo alguien las podría encontrar, aunque de no hacerlo se quedarían allí, echando raíces junto a sus flores, que pese a todo no se ahogaban, sino que vivían más que nunca. Aquello parecía otra vida.

No podía ya pensar más, puesto que no había nada más que pensar. La arena que acariciaba sus manos se escurría entre sus dedos, como en un reloj de arena infinito, sin límite. Era una causa sin más explicación que la que pudieran ofrecer sus ojos oscuros, pero por la que no cabría razón alguna que permitiese dejar escapar su propio presente. Aquí y ahora, así lo quería. ¿Por qué conformarse?, sonrió. Se sabía impaciente, pero no tanto. Es ridículo pensar que uno mismo se conoce a la perfección de arriba abajo.

Pero dónde estarán… Salió del agua y miró su ropa, amontonada enfrente de las rocas. Cerró los ojos por unos segundos para asegurarse de que estaba en el lugar indicado. Suspiró, sentía el calor pegársele a la piel. Echó de nuevo a andar sobre la fina arena, aún sin saber lo que llegaría a encontrar. Deseó que no fuese un espejismo. Iba a buscar lo que ya sabía. En el fondo del mar…

«Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto», Antoine de Saint-Exupéry.

Posted by Şωεε†666 at 16:38:43 | Permalink | Comments (3)

Tuesday, April 3, 2007

Abismo

En su lado del sofá aguardaba impaciente al sueño. Otra vez las 5:00 am y despierta, pero el tiempo nunca la esperaba: se iba sin ella. De pronto se sintió un reloj más dentro de La persistance de la mémoire de Dalí.

En fin, eso ahora no importaba. Pensó en alguna canción que hablase del olvido. Tenía que aprovechar su último recuerdo, y no lo estaba haciendo. Una inmensa incertidumbre la carcomía por dentro. Mientras tanto, él seguía sin aparecer, y en un acto de inconsciencia lo culpó, con o sin razón.

Mierda. ¿Cómo pudo haber sido capaz? Le había dicho que se verían en el infierno, y allí se encontraba en su sofá, faltando a su palabra. Supuso que podría esperar un poco más. A veces nunca es tarde.
Las preguntas fluían dentro de su cabeza, no entendía el ahora constante desvelo… ¿día tras día? No, siempre de noche. Sin más compañía que su agitada respiración, pensó que ya no quería saber nada más de un montón de gente. Renunciaba a cualquier posibilidad, era por su bien, estaba segura. Su rostro soportaba parte de esa angustia contenida sin que se diese cuenta.

Un cheque sin firmar yacía sobre la mesa, al lado de una botella de ron medio vacía, o medio llena, depende para quién. El maldito papel era lo único que le permitía el beneficio de la duda. ¿A él o a ella? Bah, nunca lo sabría. Pudo incorporarse, aunque cansada, y se dirigió hacia una estantería. Cualquier libro le valdría en ese momento. Palabras, eso necesitaba. Una tras otra, tras otra, tras otra… Y se preguntó por qué las letras de las novelas eran siempre de color negro. Por comodidad, supuso.

Extraña obsesión quizás, pero no podía quitársela de encima. El vacío de la habitación la había comenzado a asfixiar sin previo aviso, y sus frías paredes la envolvían en una burla del destino. El destino, pensó. Y una risa perversa hizo eco del surrealismo presente en sí misma. Los cuadros de la pequeña estancia le dirigían gritos mudos, pero lo suficientemente perceptibles para ella.

Se acomodó de nuevo e intentó alejar todo aquello de su mente. En cambio, no pudo imaginar un mundo sin color, el simple hecho de pensarlo la entristecía, por mucho que se hubiera empeñado en verlo todo dentro de una amplia gama de grises entre el blanco y el negro. No, ésa no sería su vida. El deseo giraba en espiral en torno a la luz de la única lámpara, pero a esas alturas ya nadie le hacía sonreír con un pincel en la mano.

Un escalofrío recorrió sus pies desnudos, y el sueño inexistente le susurraba al oído cosas que no quería escuchar. De nuevo, el silencio hacía caso omiso a sus súplicas, y en él se recriminó una y otra vez el no poder contenerse al recordarlo. Un par de ya borrosos versos escritos al lado del lunar de su ombligo la delataban. Sus labios los habían escrito a fuego desde bien lejos y ella pensaba dejarlos ahí, en su sitio. 

Que espere el tiempo, que en ocasiones no lleva prisa a pesar de las apariencias… y yo tampoco, ni pienso hacerlo. Seguiría en su línea, cuidando de su jardín a ratos libres en silencio, sin entender tampoco por qué las sombras la huían y se escondían de su vista a cada paso, al contrario que la lluvia, que la buscaba con crecientes ganas nada más salir de allí. Volcó su atención en el espejo roto que con su marco acariciaba el suelo. Moralmente, el brillo de sus ojos no reflejaba desequilibrio. Nunca había sido tan estable y coherente consigo misma.

Con un irremediable dolor de cabeza decidió tirar el libro al suelo y dejarse de preámbulos. Just do it. Una oleada de violencia estremeció su piel, y firmó el cheque sin apenas mirarlo. Odió no poder romper lo que sería su condena. Media vuelta más en su lado del sofá, con el pensamiento ligero y el cuerpo algo mareado, y siguió sin poder conciliar el sueño recordando que él, donde estuviera, estaría igual que ella.

Una hora después se irguió entre los cojines y avanzó hasta la ventana. La frialdad de los cristales la tranquilizó, aunque ya se había alejado el mal tiempo. Se sintió elocuente y capaz, fue a vestirse con rapidez y salió a pasear antes de que saliera el sol. Y, una vez más, entre recuerdos lejanos e imaginarios, se perdió en la noche.

«La nada es la única gran maravilla del mundo», René Magritte.


Posted by Şωεε†666 at 18:10:39 | Permalink | Comments (7)

Saturday, March 10, 2007

En vela

Un día no hace mucho paseaba por la calle, sola, de noche. No me apetecía pensar en nada en concreto. Observaba, entretenida, un ramo de rosas marchitas en un contenedor. Imagina un campo de distintas flores y colores, y después, con el tiempo, el mismo campo asolado, sin ninguna flor y sin indicios de lo que una vez había sido. Sin rastro de las flores, olvidadas y desaparecidas.

Paso a paso seguía caminando. Gente, montones de gente. Les observaba también. Todos diferentes, todos iguales. Rostros inexpresivos, inmersos en sus problemas del día a día. La infelicidad me sonrió desde sus caras, y le devolví el gesto. No sé cómo pero siempre consigo darle esquinazo, sin mirar atrás. De momento.

Más rostros y más gente. Prisas, vidas vacías, sin sabor. Cosas en común y otras que no tienen nada que ver trazan sus destinos, enlazan sus manos en silencio.
En medio de ese silencio le robé un beso a la verdad. Nada le pedí, pero con creces me lo devolvió. Fue injusta por una vez, pero quién no lo es de vez en cuando… Ahora me mira implorando perdón tras una cortina azul por la que se asoma la primavera, cansada ya del mundo gris de invierno; aunque no se enfrentaba esta vez a ningún reproche más que el suyo propio. Yo, en cambio, no permitiría que me pasase aquello.
Seguía paseando, tranquilamente, sola. Pétalos de rosa secos que dormían en el suelo captaban toda mi atención a medida que avanzaba. De un rojo intenso y encendido todavía, con su personalidad propia, pero totalmente secos. El suelo a menudo acoge a esos pequeños detalles que tiramos sin darnos cuenta y también adrede. Detalles significativos, capaces de dar sentido a una mera palabra. Pero a la vida eso le traía sin cuidado.

Nubes grises en lo alto de la ciudad habían expresado hacía un rato la tristeza de la tarde al desaparecer, al ponerse el sol. Todo tan igual… y en el fondo, tan diferente. Como una mariposa que, consciente de su belleza, se deja ver. Acaba de ocurrirle algo que gira su rumbo: unas preciosas alas se yerguen, altas, tras ella. Sigue siendo lo mismo en esencia, pero algo ha cambiado. Muestra su lado más vivo, el mejor que puede mostrar. Es motivo de su orgullo. Algo curioso el orgullo. Aunque, al igual que las delicadas rosas, puede marchitarse; en fin, como todo.

Llegaban a mí pensamientos desde el otro extremo de la ciudad gracias al frío viento, que se empeñaba en acompañarme, aunque yo me intentase negar a ello. La soledad puede adecuarse muy bien a uno mismo, se pega tanto a la piel que no se quiere prescindir de ella; y hace de lo más invisible, lo más molesto. Como el viento.

Invisible… Un recuerdo dibujó una sonrisa en mi boca, fiel cómplice de mi distraída mirada, que últimamente nadie se molesta en comprender. Cómo sería volverse invisible durante un rato, unas horas, o tan sólo unos minutos… No, desde luego que no estaría mal del todo. Encubrirse ayuda a aceptar que no podemos desaparecer o que quizá no debamos, aunque para algunos se convierta en la única salida.

Iba despistada, despreocupada de todo, sólo quería observar. Me tropecé con alguien y la libertad se disculpó. Sus ojos reflejaban amables errores. Solía equivocarse de personas; en el fondo la compadezco. Unos tanta y otros tan poca. Volví a sonreír. La sensación de tenerla cerca hizo que no me fijase en la tranquilidad que se iba imponiendo en la noche, todavía pronto; ni en el silencio que me gobernaba.

Palabras innecesarias sin pronunciar no perturbaban mi silencio, interminable desde hace ya tiempo. Así nada quedaba en el aire y nada se perdía, pues de lo contrario el viento lo hubiese mordido con fuerza, devorándolo y haciéndolo desaparecer tan rápidamente como había aparecido.

Una vez leí que tenerlo todo es la gran causa del vacío interno. Somos tan pobres por dentro que da hasta pena mencionarlo. Nadie escucha las quejas del mundo, continuas e insaciables debido a su mala vida. Nunca me ha gustado pensar en el futuro, pero alguna que otra vez me pregunto qué será del mañana.
Me apresuré en el último tramo de la calle. La indiferencia me esperaba al doblar la esquina y yo llegaba tarde. Era inevitable a estas alturas, qué más cabría esperar. El hielo no siempre se derrite aún aplicando muchas llamaradas de fuego. Con una sola bien dispuesta a fundirlo no creo que opusiera tanta resistencia. Todavía resuenan en mí palabras que no dicen nada, ampliadas en el vacío.

Dolor en el cuello al llegar a casa, pero no era la primera vez. Observé bastante en un solo día. La libertad volvía a chocarse conmigo, escondida entre las gotas de agua fría que me alivian cada noche. Se refugia en cada milímetro de mi piel, y me recorre el cuerpo sin dejarse nada atrás; nunca se olvida, y se hace parte de mí como otras cosas no lo harán jamás. Respirar, coger y expulsar aire puro sin parar me acelera el corazón, más helado que el agua y más delicado que el cristal, y me ensancha los pulmones hasta darlos de sí. 

Y la libertad queda inscrita en el rojo de mi sangre mientras duermo, esperando a ser algún día robada, como cada promesa pronunciada para que alguien la rompa. La tranquilidad del sueño hace posible pensar que siempre merece la pena levantarse de la cama. Una voz me dice al oído que la suerte se esconde en cualquier lugar, y que no deje ahora de jugar al escondite. Creo que no era muy difícil, pero no me acuerdo bien. Ya haré memoria mañana.

Posted by Şωεε†666 at 19:35:50 | Permalink | Comments (3)