Ironías
Mírate, todo bien. ¿Por qué no? Porque tú no quieres, sólo tú. Siempre igual, confusión inconsciente, que no sales del paso. ¿Acaso no te cansa ya?
Y si él supiera, si reconociese el calor de vuestras manos fundidas en una noche fría… Unas manos, en ambas los dedos enlazados y refugiados de la tenue luz de afuera; que acarician, ven y susurran al mismo tiempo, muy cerca, al oído. Vuelve a mirarte. Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos… Porque si te mirase por dentro ahora, en un cauteloso vistazo rápido sabría que no puedes escuchar ni el silencio. Una agitada respiración, a causa del sueño, y un tierno gesto en sus dedos dibujan sobre tu piel los rasgos de tu cara, recorren la nariz, la boca, el cuello.
Bien, ya viste que no es fácil, aunque como siempre desearías correr en contra del viento. Vuelve otra vez. Por si supiera que tienes que mirarle cuando acaricias sus labios con la suave yema de tus dedos, que no muy lejos percibes su olor. O que tampoco eres capaz de aguantar su mirada cuando tu pelo y tu cara son de nuevo la principal distracción de sus manos. Que es entonces cuando necesitas cerrar los ojos, con una mueca de ironía en la boca, para no oír tu voz y escucharle sólo a él.
Y es que nunca te sentiste más egoísta. Hoy volviste a mirarte y te dolieron los ojos hasta llorar. Pero no fuiste cobarde, necesitabas una conciencia más limpia justo a tiempo, mientras te ahogabas en un mar. Y lloraste por muchos, y lloraste por nadie. Por círculos siempre distintos. Círculos que te has prometido no volver a ver, pero que siempre vuelven; y círculos que no quieres que se vayan, pero que nunca se sabe.
¿De veras pensaste que estarías más tranquila después? Es cierto, que lloraste por todos, menos por ti. Se le olvidó quizás a tu falsa hipocresía, sólo quisiste sentirte mejor. Que ya está bien de ir por la vida con los bolsillos abiertos e ir perdiendo cosas por tu camino de rosas con espinas.
También lloraste porque creíste no entender nada, y decides quedarte en ese espacio y tiempo, pararlo todo. Porque nada te pareció más natural, por extraño que fuese en realidad, como si os hubiéseis conocido así siempre. Sólo que esta vez acabaste temblando y sin saber a cuál de los dos mirar: a él o a ti. Y supiste que, tan sólo entonces, quizás entendería por qué tienes miedo de no estar loca. Esperas cada noche para no perder costumbres de antaño…
“¡Salta por la ventana, valiente!”
«Esto no es un ensayo general, señores; esto es la vida», Oscar Wilde.