Inmoralidades
Lo sabía. No más castillos de arena, se había dicho ya tiempo atrás. Pensaba en ello mientras redescubría, sin asombro, sus propios pies nadando en arenas movedizas. Aunque esta vez había tardado más tiempo del que en un principio había creído necesario, simplemente dejó que las agujas del reloj siguieran su curso.
De momento no quería llegar a ningún arrecife, así que se detuvo a echar un vistazo a lo que había comenzado a ser una serie de ilusiones ópticas que solían acompañarla, siguiendo sus pasos por la arena, cada vez más a menudo. No terminaba de acostumbrarse, no quería hacerlo, pues no le gustaban si no era en cuadros. El arte se ve y, se entienda o no, no necesita ser explicado. Cada uno lo interpreta libremente y depende de uno mismo que la conclusión produzca una mirada alegre o una sonrisa triste. Además, ayuda a esconder secretos que sólo el autor conoce. Así lo creía ella o, por lo menos, así le gustaba creerlo. Pero cuanto más pensaba, más quería actuar. Y no era el momento de echarse a correr. Quizá faltaba cada vez menos para que sus pies descalzos llegasen a suelo firme. Aunque eso, por aquel entonces, estaba aún por verse.
La brisa de la noche jugaba con su pelo, el agua mecía su cuerpo. Todo a su alrededor parecía tan tranquilo, y por otro lado la intranquilidad colmaba sus nervios. Seguía pensando. Venga, actúa. Sí, tú. No esperes, nunca esperes demasiado… Apostaba todo a una sola carta: su presente, cuya incertidumbre residía en lo que le marcase el futuro. Se había olvidado de cómo jugar sus cartas; eran cartas distintas, desde luego, pero tenía que hacerlo. Recogió el resto de cartas y guardó la baraja. Su buen humor en los últimos días tenía más sueño que nunca, y eso que dormía muy poco.
Pintando corales de un rojo intenso recordó que, justo allí, en el fondo, era donde debían de estar. ¿Dónde están…? No podrían andar muy lejos de allí. Se lo había dicho… Y ella había confiado en su palabra. Sus flores de papel crecían, bajo el agua fría, en distintos colores, contrastando tonalidades. Cierto es que el efecto cromático hacía del conjunto una vista preciosa.
Sus pensamientos también se habían teñido de color, y todos eran para él. Era posible que en otra ocasión se alegrase de que no lo supiera, pero ahora ya no estaba tan segura. ¿Cómo estarlo? Exacto, habría estado loca, aunque cómo evitarlo, por otra parte… Bien, tampoco quería. Todo impulso sería recibido con honores.
El cantar de las olas era cuanto más ruidoso al besar las rocas que ponían fin a su playa. Más quietud. Sin quererlo, olvidó lo demás. ¿O sí quería? Cerró los ojos y contempló el mejor cielo que nunca hubiese imaginado. Nada que perder. Mucho que ganar. Miles de blancas estrellas lo hacían relucir, decorando así la habitación de la luna. Ésta dormía sin saber lo que ocurría. La noche se había tornado clara mientras seguía escondiendo sus ilusiones ópticas en el fondo del mar, para ponerlas a salvo. Sólo alguien las podría encontrar, aunque de no hacerlo se quedarían allí, echando raíces junto a sus flores, que pese a todo no se ahogaban, sino que vivían más que nunca. Aquello parecía otra vida.
No podía ya pensar más, puesto que no había nada más que pensar. La arena que acariciaba sus manos se escurría entre sus dedos, como en un reloj de arena infinito, sin límite. Era una causa sin más explicación que la que pudieran ofrecer sus ojos oscuros, pero por la que no cabría razón alguna que permitiese dejar escapar su propio presente. Aquí y ahora, así lo quería. ¿Por qué conformarse?, sonrió. Se sabía impaciente, pero no tanto. Es ridículo pensar que uno mismo se conoce a la perfección de arriba abajo.
Pero dónde estarán… Salió del agua y miró su ropa, amontonada enfrente de las rocas. Cerró los ojos por unos segundos para asegurarse de que estaba en el lugar indicado. Suspiró, sentía el calor pegársele a la piel. Echó de nuevo a andar sobre la fina arena, aún sin saber lo que llegaría a encontrar. Deseó que no fuese un espejismo. Iba a buscar lo que ya sabía. En el fondo del mar…
«Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto», Antoine de Saint-Exupéry.
Inmoralidad sería querer ser brisa de la noche o agua XDDDD
Me encanta la sensación de estar sumergido en el mar con los ojos cerrados. Al meter los oídos bajo el agua de repente cruzas la frontera del mundo real para sumergirte en una dimensión atemporal y sensorial. Ves las estrellas que antes no podías ver, colores que estaban cubiertos por capas de pintura más gruesas, sonidos desconocidos ¿o tal vez son voces de sirenas?
Me alegro de que hayas emprendido tu camino de nuevo, descalza y pintando corales, con la luna, las estrellas y las musas (siempre regresan) como compañeras de viaje. Cuando te sientas perdida, cierra los ojos para ver el camino (recuerda que los colores se forman en nuestra mente).
No sé lo que opinarías tú después de escribirlo pero a mí me ha parecido realmente cojonudo. ¿No paras de mejorar? Un saludo… ¡y suerte!
Tranki k mis pendientes son sagraos xDD