Abismo
En su lado del sofá aguardaba impaciente al sueño. Otra vez las 5:00 am y despierta, pero el tiempo nunca la esperaba: se iba sin ella. De pronto se sintió un reloj más dentro de La persistance de la mémoire de Dalí.
En fin, eso ahora no importaba. Pensó en alguna canción que hablase del olvido. Tenía que aprovechar su último recuerdo, y no lo estaba haciendo. Una inmensa incertidumbre la carcomía por dentro. Mientras tanto, él seguía sin aparecer, y en un acto de inconsciencia lo culpó, con o sin razón.
Mierda. ¿Cómo pudo haber sido capaz? Le había dicho que se verían en el infierno, y allí se encontraba en su sofá, faltando a su palabra. Supuso que podría esperar un poco más. A veces nunca es tarde.
Las preguntas fluían dentro de su cabeza, no entendía el ahora constante desvelo… ¿día tras día? No, siempre de noche. Sin más compañía que su agitada respiración, pensó que ya no quería saber nada más de un montón de gente. Renunciaba a cualquier posibilidad, era por su bien, estaba segura. Su rostro soportaba parte de esa angustia contenida sin que se diese cuenta.
Un cheque sin firmar yacía sobre la mesa, al lado de una botella de ron medio vacía, o medio llena, depende para quién. El maldito papel era lo único que le permitía el beneficio de la duda. ¿A él o a ella? Bah, nunca lo sabría. Pudo incorporarse, aunque cansada, y se dirigió hacia una estantería. Cualquier libro le valdría en ese momento. Palabras, eso necesitaba. Una tras otra, tras otra, tras otra… Y se preguntó por qué las letras de las novelas eran siempre de color negro. Por comodidad, supuso.
Extraña obsesión quizás, pero no podía quitársela de encima. El vacío de la habitación la había comenzado a asfixiar sin previo aviso, y sus frías paredes la envolvían en una burla del destino. El destino, pensó. Y una risa perversa hizo eco del surrealismo presente en sí misma. Los cuadros de la pequeña estancia le dirigían gritos mudos, pero lo suficientemente perceptibles para ella.
Se acomodó de nuevo e intentó alejar todo aquello de su mente. En cambio, no pudo imaginar un mundo sin color, el simple hecho de pensarlo la entristecía, por mucho que se hubiera empeñado en verlo todo dentro de una amplia gama de grises entre el blanco y el negro. No, ésa no sería su vida. El deseo giraba en espiral en torno a la luz de la única lámpara, pero a esas alturas ya nadie le hacía sonreír con un pincel en la mano.
Un escalofrío recorrió sus pies desnudos, y el sueño inexistente le susurraba al oído cosas que no quería escuchar. De nuevo, el silencio hacía caso omiso a sus súplicas, y en él se recriminó una y otra vez el no poder contenerse al recordarlo. Un par de ya borrosos versos escritos al lado del lunar de su ombligo la delataban. Sus labios los habían escrito a fuego desde bien lejos y ella pensaba dejarlos ahí, en su sitio.
Que espere el tiempo, que en ocasiones no lleva prisa a pesar de las apariencias… y yo tampoco, ni pienso hacerlo. Seguiría en su línea, cuidando de su jardín a ratos libres en silencio, sin entender tampoco por qué las sombras la huían y se escondían de su vista a cada paso, al contrario que la lluvia, que la buscaba con crecientes ganas nada más salir de allí. Volcó su atención en el espejo roto que con su marco acariciaba el suelo. Moralmente, el brillo de sus ojos no reflejaba desequilibrio. Nunca había sido tan estable y coherente consigo misma.
Con un irremediable dolor de cabeza decidió tirar el libro al suelo y dejarse de preámbulos. Just do it. Una oleada de violencia estremeció su piel, y firmó el cheque sin apenas mirarlo. Odió no poder romper lo que sería su condena. Media vuelta más en su lado del sofá, con el pensamiento ligero y el cuerpo algo mareado, y siguió sin poder conciliar el sueño recordando que él, donde estuviera, estaría igual que ella.
Una hora después se irguió entre los cojines y avanzó hasta la ventana. La frialdad de los cristales la tranquilizó, aunque ya se había alejado el mal tiempo. Se sintió elocuente y capaz, fue a vestirse con rapidez y salió a pasear antes de que saliera el sol. Y, una vez más, entre recuerdos lejanos e imaginarios, se perdió en la noche.
«La nada es la única gran maravilla del mundo», René Magritte.