Points
Pero me olvidé de ti.
Lydia
Lydia
Mírate, todo bien. ¿Por qué no? Porque tú no quieres, sólo tú. Siempre igual, confusión inconsciente, que no sales del paso. ¿Acaso no te cansa ya?
Y si él supiera, si reconociese el calor de vuestras manos fundidas en una noche fría… Unas manos, en ambas los dedos enlazados y refugiados de la tenue luz de afuera; que acarician, ven y susurran al mismo tiempo, muy cerca, al oído. Vuelve a mirarte. Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos… Porque si te mirase por dentro ahora, en un cauteloso vistazo rápido sabría que no puedes escuchar ni el silencio. Una agitada respiración, a causa del sueño, y un tierno gesto en sus dedos dibujan sobre tu piel los rasgos de tu cara, recorren la nariz, la boca, el cuello.
Bien, ya viste que no es fácil, aunque como siempre desearías correr en contra del viento. Vuelve otra vez. Por si supiera que tienes que mirarle cuando acaricias sus labios con la suave yema de tus dedos, que no muy lejos percibes su olor. O que tampoco eres capaz de aguantar su mirada cuando tu pelo y tu cara son de nuevo la principal distracción de sus manos. Que es entonces cuando necesitas cerrar los ojos, con una mueca de ironía en la boca, para no oír tu voz y escucharle sólo a él.
Y es que nunca te sentiste más egoísta. Hoy volviste a mirarte y te dolieron los ojos hasta llorar. Pero no fuiste cobarde, necesitabas una conciencia más limpia justo a tiempo, mientras te ahogabas en un mar. Y lloraste por muchos, y lloraste por nadie. Por círculos siempre distintos. Círculos que te has prometido no volver a ver, pero que siempre vuelven; y círculos que no quieres que se vayan, pero que nunca se sabe.
¿De veras pensaste que estarías más tranquila después? Es cierto, que lloraste por todos, menos por ti. Se le olvidó quizás a tu falsa hipocresía, sólo quisiste sentirte mejor. Que ya está bien de ir por la vida con los bolsillos abiertos e ir perdiendo cosas por tu camino de rosas con espinas.
También lloraste porque creíste no entender nada, y decides quedarte en ese espacio y tiempo, pararlo todo. Porque nada te pareció más natural, por extraño que fuese en realidad, como si os hubiéseis conocido así siempre. Sólo que esta vez acabaste temblando y sin saber a cuál de los dos mirar: a él o a ti. Y supiste que, tan sólo entonces, quizás entendería por qué tienes miedo de no estar loca. Esperas cada noche para no perder costumbres de antaño…
“¡Salta por la ventana, valiente!”
«Esto no es un ensayo general, señores; esto es la vida», Oscar Wilde.
Ahora ve las noches de otra manera, porque en verano las contempla silenciosa, subida en el tejado, intentando escuchar a lo lejos el sonido de su voz en vano. Proyecta en su mente imágenes provenientes de un pasado cercano y otras muchas que nunca han ocurrido ni han de hacerlo, era uno de sus pasatiempos preferidos antes de dejar sus ideas tendidas al sol.
Ya no hay páginas en blanco en el libro de su vida que le queden por hojear con un helado sobre la mesa, al lado del sofá, y es éste uno de los sitios donde más a gusto se encuentra. Los grillos le guardan en arcas de madera sus peores secretos con todo su pesar. Las circunstancias dejan claro que cuesta ya mucho volver a confiar. Todavía no ha encontrado una razón, ni él la mitad del tiempo suficiente, pero la falta de confianza de nuevo la vuelve indiferente ante el tema.
Sí, se había repetido la misma jugada de siempre, pero ahora promete para sus adentros que ya no volverá. Quiso contar una historia pero le salieron tan sólo meros cuentos de colores, los de toda la vida, cuyo final es una mentira que el tipo mediocre que los inventó no sabía cómo empezar…
Un gran lago, o un frío mar quizás, pide desatarse ante sus ojos. Ahora, sentada frente a él, cerca de una cabaña donde puede refugiarse cuando el frío no conoce límite allá en el norte, piensa que constituye una de sus últimas esperanzas de papel. Espera por si encontrase alguna coincidencia más en el camino de su vacío destino. Éste sí es un buen cuento, escogido a ciegas de entre los de finales tristes. Un final de verdad que pronto se la llevaría de en medio. Simplemente disfruta del sol de medianoche, que no durará mucho.
La luz de la ventana contigua a la suya la devuelve en sí, a su tejado, bajo sus nubes de las primeras noches de verano. Sueña con haber estado allí como lo ha sentido, en su Círculo Polar Ártico con una copa de cristal rota en la mano. Se dilatan sus pupilas al ver caer una lágrima deslizándose en silencio hasta el suelo. Volverá a irse, es tiempo de no parar, de hacerlo todo y no hacer nada, de descansar… Piensa en disfrutarlo mientras baja del tejado para devolvérselo a los gatos. Una vez oí que es bueno que las vidas tengan varios círculos…
«Afortunadamente, en algún lugar entre la suerte y el misterio se encuentra la imaginación, lo único que protege nuestra libertad», Luis Buñuel.
Lo sabía. No más castillos de arena, se había dicho ya tiempo atrás. Pensaba en ello mientras redescubría, sin asombro, sus propios pies nadando en arenas movedizas. Aunque esta vez había tardado más tiempo del que en un principio había creído necesario, simplemente dejó que las agujas del reloj siguieran su curso.
De momento no quería llegar a ningún arrecife, así que se detuvo a echar un vistazo a lo que había comenzado a ser una serie de ilusiones ópticas que solían acompañarla, siguiendo sus pasos por la arena, cada vez más a menudo. No terminaba de acostumbrarse, no quería hacerlo, pues no le gustaban si no era en cuadros. El arte se ve y, se entienda o no, no necesita ser explicado. Cada uno lo interpreta libremente y depende de uno mismo que la conclusión produzca una mirada alegre o una sonrisa triste. Además, ayuda a esconder secretos que sólo el autor conoce. Así lo creía ella o, por lo menos, así le gustaba creerlo. Pero cuanto más pensaba, más quería actuar. Y no era el momento de echarse a correr. Quizá faltaba cada vez menos para que sus pies descalzos llegasen a suelo firme. Aunque eso, por aquel entonces, estaba aún por verse.
La brisa de la noche jugaba con su pelo, el agua mecía su cuerpo. Todo a su alrededor parecía tan tranquilo, y por otro lado la intranquilidad colmaba sus nervios. Seguía pensando. Venga, actúa. Sí, tú. No esperes, nunca esperes demasiado… Apostaba todo a una sola carta: su presente, cuya incertidumbre residía en lo que le marcase el futuro. Se había olvidado de cómo jugar sus cartas; eran cartas distintas, desde luego, pero tenía que hacerlo. Recogió el resto de cartas y guardó la baraja. Su buen humor en los últimos días tenía más sueño que nunca, y eso que dormía muy poco.
Pintando corales de un rojo intenso recordó que, justo allí, en el fondo, era donde debían de estar. ¿Dónde están…? No podrían andar muy lejos de allí. Se lo había dicho… Y ella había confiado en su palabra. Sus flores de papel crecían, bajo el agua fría, en distintos colores, contrastando tonalidades. Cierto es que el efecto cromático hacía del conjunto una vista preciosa.
Sus pensamientos también se habían teñido de color, y todos eran para él. Era posible que en otra ocasión se alegrase de que no lo supiera, pero ahora ya no estaba tan segura. ¿Cómo estarlo? Exacto, habría estado loca, aunque cómo evitarlo, por otra parte… Bien, tampoco quería. Todo impulso sería recibido con honores.
El cantar de las olas era cuanto más ruidoso al besar las rocas que ponían fin a su playa. Más quietud. Sin quererlo, olvidó lo demás. ¿O sí quería? Cerró los ojos y contempló el mejor cielo que nunca hubiese imaginado. Nada que perder. Mucho que ganar. Miles de blancas estrellas lo hacían relucir, decorando así la habitación de la luna. Ésta dormía sin saber lo que ocurría. La noche se había tornado clara mientras seguía escondiendo sus ilusiones ópticas en el fondo del mar, para ponerlas a salvo. Sólo alguien las podría encontrar, aunque de no hacerlo se quedarían allí, echando raíces junto a sus flores, que pese a todo no se ahogaban, sino que vivían más que nunca. Aquello parecía otra vida.
No podía ya pensar más, puesto que no había nada más que pensar. La arena que acariciaba sus manos se escurría entre sus dedos, como en un reloj de arena infinito, sin límite. Era una causa sin más explicación que la que pudieran ofrecer sus ojos oscuros, pero por la que no cabría razón alguna que permitiese dejar escapar su propio presente. Aquí y ahora, así lo quería. ¿Por qué conformarse?, sonrió. Se sabía impaciente, pero no tanto. Es ridículo pensar que uno mismo se conoce a la perfección de arriba abajo.
Pero dónde estarán… Salió del agua y miró su ropa, amontonada enfrente de las rocas. Cerró los ojos por unos segundos para asegurarse de que estaba en el lugar indicado. Suspiró, sentía el calor pegársele a la piel. Echó de nuevo a andar sobre la fina arena, aún sin saber lo que llegaría a encontrar. Deseó que no fuese un espejismo. Iba a buscar lo que ya sabía. En el fondo del mar…
«Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto», Antoine de Saint-Exupéry.
En su lado del sofá aguardaba impaciente al sueño. Otra vez las 5:00 am y despierta, pero el tiempo nunca la esperaba: se iba sin ella. De pronto se sintió un reloj más dentro de La persistance de la mémoire de Dalí.
En fin, eso ahora no importaba. Pensó en alguna canción que hablase del olvido. Tenía que aprovechar su último recuerdo, y no lo estaba haciendo. Una inmensa incertidumbre la carcomía por dentro. Mientras tanto, él seguía sin aparecer, y en un acto de inconsciencia lo culpó, con o sin razón.
Mierda. ¿Cómo pudo haber sido capaz? Le había dicho que se verían en el infierno, y allí se encontraba en su sofá, faltando a su palabra. Supuso que podría esperar un poco más. A veces nunca es tarde.
Las preguntas fluían dentro de su cabeza, no entendía el ahora constante desvelo… ¿día tras día? No, siempre de noche. Sin más compañía que su agitada respiración, pensó que ya no quería saber nada más de un montón de gente. Renunciaba a cualquier posibilidad, era por su bien, estaba segura. Su rostro soportaba parte de esa angustia contenida sin que se diese cuenta.
Un cheque sin firmar yacía sobre la mesa, al lado de una botella de ron medio vacía, o medio llena, depende para quién. El maldito papel era lo único que le permitía el beneficio de la duda. ¿A él o a ella? Bah, nunca lo sabría. Pudo incorporarse, aunque cansada, y se dirigió hacia una estantería. Cualquier libro le valdría en ese momento. Palabras, eso necesitaba. Una tras otra, tras otra, tras otra… Y se preguntó por qué las letras de las novelas eran siempre de color negro. Por comodidad, supuso.
Extraña obsesión quizás, pero no podía quitársela de encima. El vacío de la habitación la había comenzado a asfixiar sin previo aviso, y sus frías paredes la envolvían en una burla del destino. El destino, pensó. Y una risa perversa hizo eco del surrealismo presente en sí misma. Los cuadros de la pequeña estancia le dirigían gritos mudos, pero lo suficientemente perceptibles para ella.
Se acomodó de nuevo e intentó alejar todo aquello de su mente. En cambio, no pudo imaginar un mundo sin color, el simple hecho de pensarlo la entristecía, por mucho que se hubiera empeñado en verlo todo dentro de una amplia gama de grises entre el blanco y el negro. No, ésa no sería su vida. El deseo giraba en espiral en torno a la luz de la única lámpara, pero a esas alturas ya nadie le hacía sonreír con un pincel en la mano.
Un escalofrío recorrió sus pies desnudos, y el sueño inexistente le susurraba al oído cosas que no quería escuchar. De nuevo, el silencio hacía caso omiso a sus súplicas, y en él se recriminó una y otra vez el no poder contenerse al recordarlo. Un par de ya borrosos versos escritos al lado del lunar de su ombligo la delataban. Sus labios los habían escrito a fuego desde bien lejos y ella pensaba dejarlos ahí, en su sitio.
Que espere el tiempo, que en ocasiones no lleva prisa a pesar de las apariencias… y yo tampoco, ni pienso hacerlo. Seguiría en su línea, cuidando de su jardín a ratos libres en silencio, sin entender tampoco por qué las sombras la huían y se escondían de su vista a cada paso, al contrario que la lluvia, que la buscaba con crecientes ganas nada más salir de allí. Volcó su atención en el espejo roto que con su marco acariciaba el suelo. Moralmente, el brillo de sus ojos no reflejaba desequilibrio. Nunca había sido tan estable y coherente consigo misma.
Con un irremediable dolor de cabeza decidió tirar el libro al suelo y dejarse de preámbulos. Just do it. Una oleada de violencia estremeció su piel, y firmó el cheque sin apenas mirarlo. Odió no poder romper lo que sería su condena. Media vuelta más en su lado del sofá, con el pensamiento ligero y el cuerpo algo mareado, y siguió sin poder conciliar el sueño recordando que él, donde estuviera, estaría igual que ella.
Una hora después se irguió entre los cojines y avanzó hasta la ventana. La frialdad de los cristales la tranquilizó, aunque ya se había alejado el mal tiempo. Se sintió elocuente y capaz, fue a vestirse con rapidez y salió a pasear antes de que saliera el sol. Y, una vez más, entre recuerdos lejanos e imaginarios, se perdió en la noche.
«La nada es la única gran maravilla del mundo», René Magritte.
Un día no hace mucho paseaba por la calle, sola, de noche. No me apetecía pensar en nada en concreto. Observaba, entretenida, un ramo de rosas marchitas en un contenedor. Imagina un campo de distintas flores y colores, y después, con el tiempo, el mismo campo asolado, sin ninguna flor y sin indicios de lo que una vez había sido. Sin rastro de las flores, olvidadas y desaparecidas.
Paso a paso seguía caminando. Gente, montones de gente. Les observaba también. Todos diferentes, todos iguales. Rostros inexpresivos, inmersos en sus problemas del día a día. La infelicidad me sonrió desde sus caras, y le devolví el gesto. No sé cómo pero siempre consigo darle esquinazo, sin mirar atrás. De momento.
Más rostros y más gente. Prisas, vidas vacías, sin sabor. Cosas en común y otras que no tienen nada que ver trazan sus destinos, enlazan sus manos en silencio.
En medio de ese silencio le robé un beso a la verdad. Nada le pedí, pero con creces me lo devolvió. Fue injusta por una vez, pero quién no lo es de vez en cuando… Ahora me mira implorando perdón tras una cortina azul por la que se asoma la primavera, cansada ya del mundo gris de invierno; aunque no se enfrentaba esta vez a ningún reproche más que el suyo propio. Yo, en cambio, no permitiría que me pasase aquello.
Seguía paseando, tranquilamente, sola. Pétalos de rosa secos que dormían en el suelo captaban toda mi atención a medida que avanzaba. De un rojo intenso y encendido todavía, con su personalidad propia, pero totalmente secos. El suelo a menudo acoge a esos pequeños detalles que tiramos sin darnos cuenta y también adrede. Detalles significativos, capaces de dar sentido a una mera palabra. Pero a la vida eso le traía sin cuidado.
Nubes grises en lo alto de la ciudad habían expresado hacía un rato la tristeza de la tarde al desaparecer, al ponerse el sol. Todo tan igual… y en el fondo, tan diferente. Como una mariposa que, consciente de su belleza, se deja ver. Acaba de ocurrirle algo que gira su rumbo: unas preciosas alas se yerguen, altas, tras ella. Sigue siendo lo mismo en esencia, pero algo ha cambiado. Muestra su lado más vivo, el mejor que puede mostrar. Es motivo de su orgullo. Algo curioso el orgullo. Aunque, al igual que las delicadas rosas, puede marchitarse; en fin, como todo.
Llegaban a mí pensamientos desde el otro extremo de la ciudad gracias al frío viento, que se empeñaba en acompañarme, aunque yo me intentase negar a ello. La soledad puede adecuarse muy bien a uno mismo, se pega tanto a la piel que no se quiere prescindir de ella; y hace de lo más invisible, lo más molesto. Como el viento.
Invisible… Un recuerdo dibujó una sonrisa en mi boca, fiel cómplice de mi distraída mirada, que últimamente nadie se molesta en comprender. Cómo sería volverse invisible durante un rato, unas horas, o tan sólo unos minutos… No, desde luego que no estaría mal del todo. Encubrirse ayuda a aceptar que no podemos desaparecer o que quizá no debamos, aunque para algunos se convierta en la única salida.
Iba despistada, despreocupada de todo, sólo quería observar. Me tropecé con alguien y la libertad se disculpó. Sus ojos reflejaban amables errores. Solía equivocarse de personas; en el fondo la compadezco. Unos tanta y otros tan poca. Volví a sonreír. La sensación de tenerla cerca hizo que no me fijase en la tranquilidad que se iba imponiendo en la noche, todavía pronto; ni en el silencio que me gobernaba.
Palabras innecesarias sin pronunciar no perturbaban mi silencio, interminable desde hace ya tiempo. Así nada quedaba en el aire y nada se perdía, pues de lo contrario el viento lo hubiese mordido con fuerza, devorándolo y haciéndolo desaparecer tan rápidamente como había aparecido.
Una vez leí que tenerlo todo es la gran causa del vacío interno. Somos tan pobres por dentro que da hasta pena mencionarlo. Nadie escucha las quejas del mundo, continuas e insaciables debido a su mala vida. Nunca me ha gustado pensar en el futuro, pero alguna que otra vez me pregunto qué será del mañana.
Me apresuré en el último tramo de la calle. La indiferencia me esperaba al doblar la esquina y yo llegaba tarde. Era inevitable a estas alturas, qué más cabría esperar. El hielo no siempre se derrite aún aplicando muchas llamaradas de fuego. Con una sola bien dispuesta a fundirlo no creo que opusiera tanta resistencia. Todavía resuenan en mí palabras que no dicen nada, ampliadas en el vacío.
Dolor en el cuello al llegar a casa, pero no era la primera vez. Observé bastante en un solo día. La libertad volvía a chocarse conmigo, escondida entre las gotas de agua fría que me alivian cada noche. Se refugia en cada milímetro de mi piel, y me recorre el cuerpo sin dejarse nada atrás; nunca se olvida, y se hace parte de mí como otras cosas no lo harán jamás. Respirar, coger y expulsar aire puro sin parar me acelera el corazón, más helado que el agua y más delicado que el cristal, y me ensancha los pulmones hasta darlos de sí.
Y la libertad queda inscrita en el rojo de mi sangre mientras duermo, esperando a ser algún día robada, como cada promesa pronunciada para que alguien la rompa. La tranquilidad del sueño hace posible pensar que siempre merece la pena levantarse de la cama. Una voz me dice al oído que la suerte se esconde en cualquier lugar, y que no deje ahora de jugar al escondite. Creo que no era muy difícil, pero no me acuerdo bien. Ya haré memoria mañana.
Hoy no sé porqué, y tampoco lo sabré mañana. No me apetece analizar a fondo esas noches en que invento un mundo diferente, aunque no lo elija yo… Maldito subconsciente. Sensaciones irreales sin mi permiso, quién se habrá creído que es… Todavía no entiendo porqué lo intento si sé que no voy a poder. Un día saldré a la calle sonriendo como antes, como hacía antes. Y será dentro de muy poco; hace tanto ya…
Y ese día en que me apetezca sonreír a la vida volveré a ser yo. Nunca he dejado de serlo. Pero mirándolo de otro modo un día perdí algo que no he vuelto a encontrar, algo que me protegía. Y mira que dicen “si lo necesitas, búscalo”. Total, ¿para qué? No sé si existes y no te voy a ir a buscar. Desde que perdí los zapatos siempre tengo frío.
Pude ver en un cristal cómo va pasando el tiempo. Las agujas del reloj marcaban cuánto he perdido, y era demasiado para lo que yo misma quería creer. Hoy echo de menos muchas cosas. Si el tiempo pone a cada uno en su lugar, que me lleven pronto al mío, me he perdido por el camino…
Abrazos sinceros, palabras sin titubeos. ¿Qué fue de todo lo que perdí? Lo material no sirve de nada en este tipo de situaciones, siempre lo he dicho: sólo quiero tener lo que nadie puede ver. Ese nadie no me va a regalar una risa, un buen momento para recordar, un beso. No es la vida quien regala estas cosas, no te equivoques como yo, no esperes. Mira que es sencillo y que no se puede traicionar, no pido más. No quiero perder más. ¿Quizá amistad? Lo siento, no puedo recordarlo todo.
A lo mejor aquel día no perdí los zapatos… me los olvidé… ¿o me olvidaron ellos? Flores de papel en una mano y nada que proteja hoy mis pies. Ya no sé por dónde ando. Quiero volver. El otro día le dije a un pajarito que los deseos de cosas imposibles siempre se quedan en eso. ¿Sabes? Creo que a veces me sentía feliz. Tantas veces… Sigue lloviendo todavía bajo mi paraguas. Aún llueve y no estás conmigo, existas o no, para verla caer. Con lo bonita que puede llegar a ser la lluvia si la ves conmigo, o la soledad que puede provocar si con nadie la ves. Un estado de ansiedad que afecta al sentimiento y a la razón; que te da una y mil vueltas pero sólo tú decides si quieres que te conmueva o no.
Puede ser que dentro de poco te alcancen mis palabras y ya no te vuelvas a ir. O puede que no vuelvas más por aquí. Hoy no me siento a gusto con la vida porque ya no veo amanecer. Para mí todos los días son noches, y las noches son ese breve espacio de tiempo en que te invento sin querer. Pero no quiero, me despierto viendo cómo todo vuelve a ser lo mismo, el pan de cada día, y, terca de mí, sigo insistiendo en el error…
Quiero oír una voz que me hable sin palabras, que me escuche hablar cuando regale una sonrisa, que me pueda acariciar con un suspiro, que se preocupe cuando no esté y me grite cuando no se sienta bien. Quiero compartir una sensación de pensamiento, fundir dos miradas y quemarte con el mismo fuego, atravesar hasta la piel para sentir lo de más adentro.
Hasta que llegue un día de esos, ¿me haces un favor? No te molestes en sonreír con la mirada a los demás, porque nadie se fijará. Ellos quizá también se vayan un día, al igual que mis demás se fueron. Prefiero estar a gusto sonriendo para mí misma y verme feliz así en pequeños momentos que no encajan en el ayer, ya que esas otras cosas invisibles son las que sólo descubre la oscuridad. No busco una ilusión en un mar de mentiras que se enredan en hipocresía y apariencias. Y oye, a todo esto… No se lo digas a nadie y haz como si no lo supieras.
Hoy intenté buscarme en el ayer, y me volví para mirar en el espejo otra vez. Encontré mi reflejo y me gustó. Y a quien no le guste, que no mire. ¿O me vas a decir que no? Ya no te culpo por no existir en días como éste, porque para eso estoy yo siempre; y tampoco te culpo por existir y no estar aquí. Mañana dejará de importarme como tantas otras cosas. Mi voz no perderá el valor, seguirá gritando, y nunca lo sabrás. A veces me gusta pensar que nunca lo has sabido… ¿Y tú qué, me miras o te escondes?
Hoy me dormí acariciando versos de Neruda, en un mar sin fondo donde me vi echando una última mirada al ayer, aún sin decidir. Lo único que sé es que dejaré de mirar hacia atrás para no volver jamás; pero si es mejor nunca decir nunca, creo que me arriesgo a darle una oportunidad a mi verdad.
Hoy se me ocurría en sueños que me perdía en un bosque, al que le llaman de los sentidos, y podía saborear una caricia y acariciar un beso. Ya iba caminando entre hojas frescas cuando vi un gran lago, con agua cristalina fluyendo en su dulce caudal, que iría a parar a las rosas olvidadas que se marchitan en mi jardín.
Toco el aire y huelo tu piel, tan lejana como aquel recuerdo. Recuerdo… entonces recuerdo, sí, lo que un día olvidé: necesito. Pero no me gusta saberlo. De momento necesito un mundo nuevo donde nacer, crecer, aprender, compartir, vivir y sentir de nuevo, porque hasta ahora eso pensé que hacía y fíjate por dónde otra vez me equivoqué. Otro más… Otro fallo más, pero como no es el primero ni será el último no me preocupa… Quizá haya alguien que sepa valorar los pecados. Pero esta noche las letras que escribieron sus manos bailan en las mías, entrelazándose, uniéndose y formando palabras que tan bien conozco y que tanto echo de menos en noches como ésta…
Porque en noches como ésta nadie me tiene entre sus brazos, el amor sigue siendo igual de corto y el olvido se hace tan largo como eterno. Ahora es el sonido de una palabra tuya lo que añoro.
Porque callo por fuera lo que grito por dentro, y tus oídos rehúyen mi voz dentro del laberinto de miradas que se forma entre nosotros al mismo tiempo que pareces estar ausente, pero me gusta, aunque me oigas a lo lejos y ni siquiera mi voz te toque.
Así, sin alcanzarte, mis pies dibujan olas en la húmeda arena que me brinda el mar, el mismo que corre tras de mí para borrar mis últimos pasos sobre ella a mordiscos de espuma y sal, sin dejar ni una sola de mis huellas. Y aunque quisiera ser una palabra más dentro de este paisaje muerto o incluso el corazón de este mismo cielo vacío, hasta ya eso me sería igual, porque no hay nadie que escuche lo que pienso.
Por este sendero voy siguiendo mi camino, mi ruta sin fin, aunque no alcanzo a ver el final porque con los ojos ya rotos me es difícil avanzar. Con los brazos abiertos iba yo en la noche estrellada, buscando la puerta del recuerdo por donde se me fue el pensamiento, buscando en la noche esa verdad que pensé mía, pero que en realidad nunca tenía; cuando oí a un pájaro llorar y le invité a dormir en mis alas, ya pasada la hora de esos silencios sin palabras.
Y así transcurrió la noche, yo dentro de la cama, mi mente fuera del mundo; y aunque algo de idea tengo, sigo sin saber por qué. Podría despertarme un día de estos, contigo. Sin embargo, cada tarde se tiñe de gris y vuelvo a ver abrirse la tristeza del cielo, y es entonces cuando tengo miedo.
Pero al igual que el llanto de aquella princesa, vivo olvidada en el fondo de un palacio desierto. Allí te busco, pero tampoco te encuentro. Y un violín anuncia la mañana al despuntarse el alba. Caigo rendida de bruces en la cama. Un placer soñar por hoy, gracias. Hasta mañana…
Puede que me haya equivocado de camino. Sí, es posible. Puede que no avance por eso, porque camine en círculos. Pero es igual, porque no estabas tú para decirme “ven conmigo”. No, no estabas. O puede que sí, pero no me decías nada. En realidad, pocas veces has estado; como todos. Cuántas veces han podido resonar en mi cabeza cientos de estúpidas preguntas… Palabras, al fin y al cabo sin sentido, que se amontonan y salen todas juntas; o en el peor de los casos, que nunca salen, aunque fuese a media luz.
Puede que me haya equivocado en muchas más cosas. El estar seguro o no de algo a veces es tan relativo como los cambios de humor, que van y vienen, vienen y se van. Cambiamos de lugares, cambiamos de gentes… ¿y si los que cambiamos somos nosotros? Empiezo a odiar todas las preguntas que comienzan con “¿y si… ?”. Pues sí, claro que lo hacemos. No hacemos otra cosa sino cambiar. Menos dejar de pensar.
Ojalá fuera tan fácil, y en cambio, todo es tan relativamente difícil… Cuanto más deseamos algo, más difícil se vuelve. Esas veces que parecemos tener sobre la cabeza una nube constante, y no para de llover… Tiempos de lluvia, una lluvia que se hace ininterrumpible. Vete con ella, o acércate más. Pero si por cada paso que avanzas son tres los que retrocedes, no llegarás nunca, ni dejarás llegar a los demás. No me dejarás llegar a mí. Y en el fondo me pregunto por qué.
Preguntas y palabras sin sentido, sin expresión, sin respuesta, sin motivo, sin personalidad, sin ti… sin todo, con nada. Ni siquiera con locura. Y es que cuando no hay nada, ni dentro ni fuera de tí, y se abre un vacío ante tus ojos, no sabes dónde estás, no sabes por qué estás ahí, no sabes qué hacer… y decides no hacer nada, te conviertes en algo con un mínimo soplo de vida, que se te escapa cada vez que respiras. Y así te consumes. Hay quien dice que apenas se nota. Intentamos fingir que queremos llegar al cielo, cuando lo único que pretendemos es tocar el suelo. Pero es algo positivo. Si tocas el suelo, tocas la realidad, fuera de tus pensamientos, de tus preguntas, de tus palabras. Eso ya me gusta más: realidad. Por muy mala que sea, no te deja subir a las nubes, sino que te nubla la frialdad, ser frío te hace sentir menos… No se siente dolor, qué alivio.
Pero resulta que para ser humano hay que sentir. La regla de tres se vuelve contra mí. Bueno… está bien. Quiero sentir. Quizá lo necesite, pero no es algo que guste expresar. No, pero también tú expresabas más antes. ¿Antes de qué? Basta de preguntas. Exprésate de una maldita vez, con toda la libertad que te apetezca. Porque tampoco son buenos los interrogatorios. Di lo que piensas, cómo y cuando quieras.
ERES LIBRE…